miércoles, 31 de mayo de 2017

De ordinarios

Tengo paciencia ¿pero cuánta? Tolero ¿pero a qué punto? Lo cierto es que los ordinarios parecen ganar terreno día a día con su vulgaridad. Hace poco tiempo tuve la posibilidad de interactuar con niños y adolescentes en edad escolar, por cierto ¡qué experiencia increible! Y ante mi pedido de cuidar la palabra, de escribirla correctamente en su forma y en su acepción, alguno me supo decir que todos tenemos derecho a equivocarnos. Derecho a equivocarnos, equivocarse, sí, pero cuando el error es repetitivo y constante ya no es sino una elección ¿acaso le gustaría a alguien que yo escribiera mal su nombre? Imagino que no, ya que un nombre mal escrito sería otro nombre y la persona en cuestión no se sabría representada. Bien, lo mismo pasa con la palabra cuando somos ordinarios y vulgares.

Ordinaria es aquella persona "baja" (y no hablo de su altura física sino de su moral), ordinario es aquel que ignora la diferencia entre erotismo y pornografía, aquel avaro de la vida que en el lugar de iluminar con sabiduría todo lo tiñe de sombra y envidia, ordinario es el egocéntrico y pretencioso que cree saberlo todo, aquel regresivo que nunca ha tenido o ha querido tener en su corazón una experiencia bella, y entonces confunde el amor con el instinto y olvida que la vida no es subjetiva, es la vida. De lenguaje sucio y poco cuidado, el ordinario es fiel reflejo de lo que es, ya lo dijo José Saramago: "mal piensas, mal hablas, mal escribes".

Personas molestas que creen que todos debemos ser como ellas, y la palabra cada vez más sola, y la poesía ya casi mediocre.

Defender la palabra es mi mayor motivo, los disfraces yo los dejo para el carnaval, soy auténtico en el sentido humano y he venido aquí a escribir.

Muchas gracias.

Marcelo Roberto Galán
DNI 17.418.886
Desde Córdoba - Argentina