miércoles, 14 de diciembre de 2016

Una historia de amor distinta

     Aquella noche junto al fuego, Isabel recordaba el tiempo en que sus hijos eran pequeños y ella, como en esa ocasión, solía sentarse a tejer con la tranquilidad de saber que todos dormían arropados en sus camas, y con el beneplácito de haber cumplido con la tarea diaria de ser madre; la que no era menor a cualquier otra ocupación que una mujer moderna pudiese desempeñar. 
     De pronto, recordó su niñez triste y solitaria signada por la orfandad que le causaran: el abandono de su madre y la posterior separación de su padre y de sus hermanos; cuando aquella familia la trajera del campo a la ciudad. 
     Con tan sólo doce años, llegaba a Córdoba al amparo de un matrimonio apenas conocido por ella, que le brindaba un hogar; pero cuya abnegada solidaridad encubría un propósito mucho más práctico.      La señora Funes estaba embarazada de su segundo hijo e Isabel sería en poco tiempo la niñera de la casa. Conforme ella iba creciendo, las responsabilidades aumentaron y la dedicación que brindó a aquellos pequeños, que la vida había puesto a su cuidado, nunca le dejaron ver que su tarea era muy mal paga. Tampoco se percató del excesivo trabajo que esta labor le demandaba. El cansancio se atenuaba con el amor casi fraternal, que con el correr de los años fue desarrollando hacia esos niños, que pronto dejarían de serlo. Momento en el que la familia agradeció gentilmente sus servicios y, apelando a su buena voluntad y a los nobles sentimientos que en ella se habían arraigado para con todos y cada uno de los Funes, le expusieron una serie de argumentos en torno a supuestas penurias económicas por las que estarían atravesando, con los que la invitaban a retirarse de la casa. Esta gestión resultó lo suficientemente diplomática como para hacer que Isabel, con tan sólo dieciocho años cumplidos, agradecida eternamente de una generosidad inexistente, se marchara para buscar nuevos caminos, sin hacer el menor reclamo. 
     Ella, apenas había terminado la escuela primaria, y el único oficio que había aprendido había sido el de ser niñera; esto la llevó a ocuparse en otras casas. Y así cuidó a otros niños siempre con el mismo compromiso y dedicación, lo que generaba en ella vínculos indisolubles con cada familia; por eso cada vez que concluía su permanencia en cada uno de esos hogares, ella debía realizar un nuevo duelo que recreaba el dolor del propio desapego familiar. 
     Ahora en la soledad de la casa vacía, sólo el crepitar de los leños ardiendo, irrumpían en el silencio de sus hondas cavilaciones de remembranza. La memoria suele ser en ocasiones el diario íntimo más noble para aquel que escribió su vida en el arrullo de sus recuerdos; y el olvido, el más cruel castigo que puede coronar la vida de una persona memoriosa. 
     Desde hacía algunos meses, su esposo, con quien había compartido cincuenta años de su vida, era víctima del Alzheimer, enfermedad que aísla a los pacientes en una soledad incomprendida, pero que además castiga al resto de la familia con las consecuencias del olvido progresivo e irreparable. 
     La soledad empezó a convertirse en su más fiel compañera, pero ella había aprendido a llenar esos espacios vacíos que iban dejando los seres queridos ausentes con los recuerdos de otros tiempos; sin embargo, afrontar la enfermedad de su marido, la obligó a vivir en un proceso de desarraigo, mientras aquella memoria se iba apagando paulatinamente hasta extinguirse junto a su vida. 
     El día del funeral de su esposo, también estuvo sola. La compañía de sus hijos no había sido más que una fugaz visita de cortesía. Ellos a su modo vivían el duelo sin detener el ritmo habitual de sus ocupaciones laborales. Y estas, tampoco les permitieron quedarse para acompañar a su madre algunos días después de la ceremonia de inhumación. 
     Isabel justificaba las esporádicas visitas de sus hijos, como lo hace toda madre; pero el silencio de su casa, en la soledad de aquel pueblo retirado en el que habían decidido residir, ella y su esposo, luego de jubilarse comenzaron a pesarle cada día más. 
     Una mañana decidió ir al geriátrico, que se encontraba a pocas cuadras de su casa, para averiguar qué requisitos debía cumplir para que la recibieran como residente permanente; pero amablemente una secretaria le había informado que necesitaba el consentimiento de uno de sus hijos, quien sería su responsable legal ante la institución. Ella sabía que sus hijos no avalarían su decisión, porque hacerlo sería como aceptar la culpa de un abandono que socialmente podía propinarles algunos reproches de parientes y amigos; e Isabel, lejos estaba de querer incomodarlos de alguna manera. 
     Entonces, fue cuando comenzó a girar en su cabeza la idea de ir al geriátrico para visitar a los abuelos allí internados, que al igual que ella no veían a sus parientes con frecuencia. Es increíble como la voluntad de algunas personas siempre encuentra propósitos para sostener una vida. Así, Isabel ocupó sus tardes, haciendo feliz a muchos ancianos de su pueblo, a la vez que le daba un nuevo sentido a su vida. Puso mucha abnegación en aquella tarea, al igual que en todo lo que había hecho durante su vida. Cada día, preparaba alguna torta o unas galletas para compartir unos mates con sus nuevos amigos; los que la esperaban gustosos, porque también ellos habían encontrado en su compañía un motivo que renovaba sus ganas de vivir. 
     Hasta que un día, ya no tuvo fuerzas para salir de su casa. La edad había avanzado sin que ella lo notase, y ahora sentía temor de caminar sola por las calles; sus piernas le pesaban cada vez más y ciertos mareos la llenaban de inseguridad. Tampoco entonces quiso importunar a sus hijos. “Para que avisarles, se van a preocupar y estos achaques de la edad no tienen importancia, pronto pasarán”. Pero en el fondo sabía que aquello no era transitorio, y sintió entonces cuanto puede pesar la edad y sus consecuencias en aquellos que tienen tantas ganas de hacer cosas. 
     Sus amigos del geriátrico comenzaron a preocuparse por su repentina ausencia y sin dejar pasar el tiempo, le pidieron a Elena, una enfermera del lugar, que al concluir su turno pasara por casa de Isabel para que averiguase los motivos que habrían ocasionado la interrupción de sus visitas. Ellos la extrañaban tanto y le debían tantas horas colmadas de agradable compañía, que necesitaban hacerle saber a Isabel que estaban pendientes de ella, porque la gratitud que el afecto provoca en las personas mayores genera lazos indisolubles. A partir de entonces, Elena sería la encargada de mantenerlos en contacto. Aquella tarde, Isabel, tras explicarle los síntomas que sentía, le pidió que pasara algunos días por allí para enviarles con ella algún dulce o alguna torta a sus amigos, como un modo de hacerles llegar su cariño a pesar de las circunstancias. 
     Sin embargo, ya nada era lo mismo. Elena pasaba dos o tres veces por semana, pero eran muy largas las horas de soledad y silencio. Fue entonces, cuando a comienzos del invierno, la escuchó por primera vez. Era la voz de su esposo que le hablaba, hasta que ella se atrevió a responderle y así iniciaron un ciclo de charlas en las que revivían esos recuerdos memorables: el noviazgo, los primeros años de casados, la niñez de sus hijos, la llegada de los nietos, y tantos otros. Y una noche, él la invitó a dar un paseo que los llevaría a esa morada definitiva, donde volverían a renovar ese “para siempre” del amor compartido durante tantos años. 
     Al día siguiente, Elena, encontraría a Isabel en su cama, con esa tranquilidad en el rostro que sólo pueden tener aquellas personas a las que la muerte las arropa como un niño en el regazo de su madre, porque han sabido dar tanto amor que la vida les pide permiso para salir de ellas. 

Marcela Edith Bricca nació en Córdoba, Argentina el 20 de junio de 1967. Profesora de Lengua Castellana Literatura y Latín, título obtenido en el Instituto Simón Bolivar de la Provincia de Córdoba. Licenciada en Letras por la Universidad Católica de Córdoba. Actualmente dicta clases de Lengua y Literatura y de Lengua y Cultura Latinas en el Colegio Nacional de Monserrat y en otros establecimientos de la Provincia. Adscripta a la cátedra de Literaturas Comparadas en la Universidad Católica de Córdoba. Investigadora del área letras del centro de investigaciones María Saleme de Burnichon de la Universidad Nacional de Córdoba. 

Palabras a mi mujer, Marcela Edith Bricca 

En un mundo en donde todo sucede demasiado rápido, leerte es una de esas cosas bellas que se prefieren. Te amo y te admiro con el verdadero concepto del amor en todos los sentidos. Marcelo Roberto Galán Capel.